Hay que decirlo bien
alto: pocos conciertos hoy son mejores que los de Franco Battiato. Él es
éxtasis en la música, un estallido creativo singular, pletórico. Se asiste a una experiencia sólo
repetible cuando el italiano regresa. Pequeñas piezas grandiosas. Más de
dos horas se alargó el concierto en el Conde Duque, ante un público
enfervorizado que supo responder con entusiasmo a la entrega del
italiano, inspiradísimo y con un catálogo de creaciones descomunal y excelentemente
presentadas. Muchas canciones hay en una, y todas poseen fe, entrega. hay
enorme trabajo y genio en cada una de ellas, sin que por ello caiga en
pretenciosidad, sino que todo es mostrado en un formato pop con mayúsculas.
Qué decir de los más de veinte regalos que trajo el artista. Se ponía la
piel de gallina cuando interpretaba maravillas como "Il mantello e
la spiga", "Fornicazione", "Nomadi", "E ti
vengo a cercare" o las más novedosas "La cura" o
"Bist du bei mir". El delirio llegó con "Cuccurucucu"
(con alusiones reverenciale a "Lady Madonna", "Just like a
woman" y "Like a rolling stone") y "Centro de [sic]
gravitá [sic] permanente", una de las mejores canciones de la
historia del pop. Fue una celebración de la música, la de un artista en plenitud
después de veinte años de carrera. Una locura, incluyendo ese bis junto
al filósofo Manlio Sgalambro cantando "I go crazy", de James
Brown. En cada pieza habrían cabido mil años de la historia de la música.
Como en la cabeza de Battiato caben mil tipos de canciones. Y todas son
plenas. Como sus conciertos. Battiato, grandísimo.